sábado, 30 de junio de 2012

Jugando al trompo


Hoy como es sábado, final del mes de junio y por supuesto ya metidos en el verano, vamos a jugar al trompo. Uno de los juegos en que solíamos emplear más tiempo durante el verano los niños de mi época y de mi pueblo, era en jugar a las bolas y al trompo. Ya en una anterior entrada en este blog traté sobre las bolas, por tanto, como figura en el título de esta entrada, le ha tocado al trompo y de ello vamos a hablar.

En otros pueblos de España a los trompos se les denominaba y por supuesto se les seguirá denominando "peonzas", pero para los niños de Villaharta resultaba eso demasiado cursi y siempre los llamamos, y también asimismo se les continuará llamando trompos. Había una clase especial de trompos con una especie de sombrerillo y un pivote que salíoa del mismo en su parte central superior, que no sé porqué, a mí en aquellas fechas, y también hoy, me siguen pareciendo que aquella clase de trompos eran un tanto afeminados y creo que por ello, yo, y aunque nada tenga contra los homosexuales, faltaba más, nunca tuve ninguno de esa clase, y si por haber ganado a otro niño un trompo me pagaba con uno de esos, casi me tiraba a perder en la jugada siguiente, para pagar con el mismo y así me deshacía de él. La clase más normal de los trompos creo que valían diez céntimos, y también como cuando se terminaba la temporada de esa clase de juego, guardabas los que tenía para la tremporada siguiente, cada niño solíamos tener más de cinco trompos, que como en las bolas y mas razón todavía para ello, llevamos guardados en su bolsita correspondiente. La cuerda que se utiliza para poder "echar" el trompo, que nosotros llamábamos "zumbel", no se porqué, generalmente solíamos hacerlo nosotros mismos empleando hilo de algodón.


Como en el juego de las bolas había que jugar en los lugares terrizos, dado a que en los empedrados de las calles, no era posible hacerlo, especialmente porque  se metían al lanzarlos entre la separación de dos piedras y así no había forma de hacerlos bailar. En las dos modalidades que soliamos emplear en el juego, sew tenía que hacer un redondel en el suelo de mayor o menor diámetro, según acuerdo o según salía al realizarlo, haciendo una raya sobre la tierra.


Una de estas modalidades consistía en que cada niño de los que formábamos la partida, colocábamos un trompo dentro del redondel que habíamos señalado y luego con otro lo lanzábamos contra los que había colocados dentro de dicha zona, y si conseguías sacarlo fuera de los límites del redondel, lo dabas por ganado y te quedabas con él.  Así se seguía tirando cada uno por el orden en que por sorteo le había correspondido hasta que dentro del redondel no quedaba ningun trompo, y a repetir la jugada.

La otra forma en que más soliamos jugar también se hacía ese redondel, pero a la contra de la anterior, los trompos los colocábamos a cierta distancia del mismo, bien a quince o veinte metros, tirábamos  con el otro trompo, tenías que cogerlo del suelo y que estuviera bailando en la mano, lo lanzabas contra uno de los que había en el suelo y asi jugada, tras jugada hasta que conseguías meterlo dentro del redondel y con eso lo ganabas y  era tuyo. Si cuando tú habías metido ese dentro del redondel quedaban todavía algunos fuera, te unías a la jugadas alternando en tiradas con los otros niños y siempre procurando darle al mas cercano al redondel, y así había quien ganaba dos o tres trompos en cada sesión y quien no ganaba ni uno, pero en fín ese era el juego.

Había otra modalidad de partida, que era igual a la primera, pero con la diferencia de que en esta, era lo que podríamos decir que se juagaba con muy "mala leche", por que lo esencial era tirar al trompo del otro niño y si tenías suerte de que la "púa" de tu trompo diera sobre una parte un tanto cerca del centro y como quiera que para este juego empleábamos trompos con una púa de acero y muy afilada, solías en muchas ocasiones partir en dos o más pedazos el trompo al que habías lanzado el tuyo, y en tal caso solía causar el jolgorio de  todos los niños, excepto el dueño del trompo partido, que cogía el consiguiente cabreo o contrariedad cuando menos. Para esta clase de jugadas, yo tenía un trompo que el padre de un amigo mío que era herrero, me había colocado una "púa" de acero que muy bién afilada y si acertabas a impactar con el otro, casi seguro que no tenía escapatoria. Como digo aquí se empleaba la mala leche y como nó, ese tanto de crueldad que los niños solíamos llevar dentro. 

Yo nunca llegué a sobresalir en ninguna clase de juegos, pero en el trompo quizá fuere en el que mejor me defendía y que solía salir como se dice, "lo comido por lo servido," o sea que eran similares las veces que perdía a las que ganaba. 

Una vez concluídas la partidas y comenzabamos otra clase de juego, olvidabas todo lo sucedido en cada partida y como si no hubiere pasado nada. Hoy, y recordando mi infancia, creo que los niños de mi época éramos más felices que los de ahora, pese a la gran diferencia, tanto en número como en clase de  los juguietes que teníamos nosotros a los que poseen hoy. no tienen punto de comparación, pero creo que todo se debía a la participación de, en ocasiones, cinco, seis o mas niños, en cada juego, y ese trato tan cercano de los unos a los otrros hacía el sentirnos más gratificados y sentirnos mas acompañados, que hoy en su mayoría solo intervienen el niño y la máquina, que trendrá todos los alicientes que se quieran, pero núnca podrá reemplazar a la compañía de otro niño. Lo que si estoy en lo cierto, es que nosotros, yo cuando menos, nunca me sentía abuirrido, salvo que no encontrara algún niño con quien poder jugar a lo que fuera.

Recuerdo con inmenso cariño aquella época de mi vida y pese a lo lejana que ya queda, no por ello cada vez que trato este tema, cierta ilusión recorre mi cuerpo que me parece volver hasta aquel niño que fui.
Hasta la próxima entrada.

sábado, 23 de junio de 2012

Recordando a mi maestro


Como quiera que nos encontramos al final de un curso escolar, se me ha venido al recuerdo uno de los hechos que mas impacto dejó en mí cuando era niño y es el que voy a relatar a continuación.

Sin que crea equivocarme en el tiempo, voy a remontarme nada menos que al curso escolar 1933-34 y que por supuesto yo cursé en la escuela de mi pueblo. Comenzaré citando algunas de las características del entonces mi maestro Don José Sánchez Galán, aunque su último apellido no tenga nada que ver familiarmente conmigo, así como de lo que era la escuela a la que yo y todos los niños de mi pueblo asistiamos. 

Pues bién, empezando por esto último, diré que por aquellas fechas en Villaharta había dos escuelas solamente, una de niños y otra de niñas. A esa escuela asistiamos, y voy a referirme solamente a la que yo iba, los niños comprendidos entre los seis y catorce años, ambos inclusive, que era la obligatoriedad del entonces régimen escolar, aunque lo de "obligatoriedad", era tan relativo, que cada padre hacía lo que venía en gana con respecto a sus hijos, y así entraban o salían a la escuela cuando lo estimaban pertinente, cesando o volviendo al curso respectivo según las circunstancias, eso sí dentro de las edades antes mencionadas y una vez verificada la inscripción correspondiente. Pese a las edades tan heterogéneas de los alumnos, solo había una sola clase, un solo maestro y el número de alumnos casi siempre solía rebasar los cincuenta. Del local de la escuela asi a grandes rasgos, diré que no había ninguna clase de servicios, la calefacción o aire acondicionado, ni siquiera se tenía noticia de que eso existiera, y el agua para beber estaba contenida en una orza y solo había una especie de jarrillo hecho con una lata de las de leche condensada, y allí bebíamos todos. Pero ahora vamos a lo que hoy me ha llevado a efectuar esta entrada, que ha sido mi maesrtro Don José. Pues bién, diré que casi núnca llegaba a la hora en punto de abrir la escuela y que cuando menos cinco o diez minutos llegaba tarde, pero todo lo que de impuntual tenía para abrir la escuela, la tenía para la salida, y que en no pocas ocasiones rebasaba la media hora para la salida. La autoridad del maestro sobre todo el alumnado era ejercida sin que la misma fuera relajada en ningún momento. Tenía dos maneras particulares de castigar al alumno, según la falta cometida, y que así vista desde la perspectiva de setenta y ocho años atrás os parecerá a los que tengais la osadía de leer esta entrada, que el señor maestro era casi lo que pudiéramos llamar un monstruo. Pues la primera de esa manera de castigo, era que tenía a la mano una varita de la sierpe de un olivo que como era bastante flexible te daba un toquecito con ella en la cabeza, que no te producía herida alguna, pero que si notabas bastante bién el contacto de la vara con la cabeza. El segundo de los castigos, consistía en que el alumno o alumnos infractores, por lo regular reincidentes durante la misma jornada escolar, y solo cuando era en las clases matinales, los dejaba encerrados en la escuela, una de las ventanas quedaba abierta y a través de la misma las madres de los "encerrados" le pasaban la comida. Recuerdo que uno de los alumnos un tanto revoltoso y rebelde, llamado Alfonso, era el hijo del veterinario del pueblo y raro el día que no recibía alguno de los castigos de Don José. 

Pues bién, como cito al principio de esta entrada, al terminar el curso 1933-34 y como quiera que cuando menos dos de los hijos del maestro estaban ya en edad de estudiar bachillerato o inicio de alguna carrera, Don José Sánchez Galán, solicitó su pase a escuela de Córdoba Capital, petición que le fue concedida. Creo recordar, aunque esto no pueda aseverarlo, que desde que terminó la carrera hasta su traslado a Córdoba, ejerció su profesión en Villaharta, que era también su pueblo natal, y que en todo el  pueblo era querido, considerado  y respetado tanto en cuanto como persona como profesional de la enseñanza, aunque sus métodos de castigo pueda pareceros hoy quizá bastante exagerados. Y llegó el final del curso 1933-34, última clase que Don José impartía en su pueblo y donde tantos años había sido el "maestro". A primeras horas de la última clase que daba en "su" escuela, como en tantísimas mas ocasiones, castigó con un par de toquecitos  en la cabeza, con su varita del olivo,  al alumno, Alfonso, que diré era un año mayor que yo. Hoy, y pasados 78 años, creo recordar como el maestro se mostraba un tanto inquieto y nervioso. Finalmente llamó a su estrado, la silla del maestro estaba situada encima de una tarima de madera, desde dominaba todo el local de la clase, digo llamó a su estrado al alumno Alfonso,  llorando a lagrima viva y abrazándose a él le pidió perdón por haber tenido que castigarlo el día que finalizaba su etapa de enseñanza en su pueblo. El alumno Alfonso viendo llorar a su maestro, se vino también en un desconsolado llorar y el  total de los alumnos de la escuela que poco necesitábamos para el contagio al pensar que no volveríamos a tener como maestro a este Don José, nos unimos al duelo y asi, sin exagerar permanecimos cerca de media hora, al punto que cuando regresamos a nuestros domicilios llevábamos los ojos enrojecidos por el llanto. Los alumnos despedímos así al que tantos años había sido el maestro del pueblo, pero el resto de la localidad, tampoco fue reducido el número de personas mayores que lloró su marcha. En otra ocasión posiblemente relataré algunas cosas más de la escuela, algunos métodos de enseñanza de Don José, y añadiré, que pese a cuanto podáis pensar de la forma de castigar a los niños, que tenía el maestro, a ninguno de sus alumnos nos quedó secuela alguna de como nos trató mientras fue nuestro maestro, y como a mí me sucede hoy, guardo un cariñoso e imborrable recuerdo de aquel peculiar maestro y que tanto siempre hizo por enseñar a sus alumnos.  

Posiblemente mi editor, coloque al principio de esta entrada, la copia de una fotografía del maestro Don José Sánchez Galán con todos sus alumnos, correspondiente al curso de 1932-33 y yo soy el que está dentro del circulo señalado.

Hasta la próxima entrada.

jueves, 21 de junio de 2012

Jugando a las bolas


Como citaba en unas de mis entradas anteriores, voy a explotar el tema de los juegos con los que pasábamos el tiempo los niños de mi época. Hoy le ha tocado al juego de las bolas, como siempre ise dijo en mi pueblo, que eso de canícas lo oí yo por primera vez creo que cuando estaba en la mili, pero en fín la cosa no tiene mayor trascendencia.

En el juego de las bolas, había un punto de partida que consistía en un pequeño hoyo y que nosotros llamábamos "joche", que posiblemente por su fonética pueda ser una palabra árabe y con la que a lo mejor así se le llamaba a ese pequeño hoyo, no lo sé, pero nosotros así lo llamábamos y punto. En diversos puntos de las calles del pueblo, había un lugar terrizo para los juegos de las bolas y otros, donde pudiera hacerse el "joche".


Se iniciaba la salida, el primero a quien por sorteo le había correspondido, ponía el dedo pulgar en uno de los extremos del borde del joche, media una cuarta y lanzaba la bola al punto que creía conveniente. El que le seguía y utilizando el mismo procedimiento, lanzaba la suya con la intención de tocar la que se había tirado antes, si le daba, tenía que volver a tirar y para que ganara la bola a la que había tocado, tenía que "enjochar", o sea meter la bola en el joche. Había varias formas de tirar la bola y cada uno lo hacía con la que creía que tenía mayor tino. Si el que había tirado el segundo, no conseguía tocar la bola del anterior, la suya quedaba en el lugar donde había caído, tocándole el turno al tercero y así sucesivamente. Así se iba corriendo el turno hasta que no quedaba ninguna bola a la que se podía tirar para darle y ganarla. 

Había cuatro clases de bolas, a saber: las de barro o "arcilla", las de cristal, las de piedra y las de mármol. Las de cristal valían tres de las de barro; las de piedra valían cinco y las de mármol diez. Las de mármol se cambiaban por dos de las de piedra o por cinco de las de cristal. Por diez céntimos te daban en las tiendas, generalmente en la de José Doval, que desde tabaco, toda clase de alimentos y hasta bolas, trompos, etc. etc. etc., se podía comprar de casi todo, y como digo por díez céntimos te daban cinco bolas de barro. Estas se rompían con mucha facilidad, y estaban pintadas de diversos colores. Las de cristal tambien se vendían en la misma tienda, y creo recordar daban tres por los diez céntimos. Las de piedra y las de mármol no recuerdo que se compraran, sino que se conseguían por el procedimientos del cambio por las de barro, de cristal o las de piedra, según la que trataras de conseguir.

Como cuando menos solías tener quince, veinte o mas bolas, la inmensa mayoría de los niños las llevábamos metidas en una pequeña bolsita de tela, que llamábamos "talega" y que era lo único que nuestras madres u otro familiar nos habían hecho.

Para las tiradas se utilizaba la mejor bola que tuvieras, bien la de mármol, la de piedra o la de cristal que siempre alguna de esas se tenía. Si en la jugada te tocaban la bola y a el que te la había tocado conseguía enjochar, te ganaba una bola, pero no con la que habías jugado, si no que se pagaba siempre con una de barro.  ¡Qué cortos se hacían los días jugando a las bolas, y qué contento se regresaba a la casa si la "talega" había aumentado su contenido! Con treinta o cuarenta céntimos, se conseguían bolas para echar la temporada o época de ese juego. En las casas poco dinero había, pero en los juegos de los niños en ninguno de los hogares se iba a la ruina con motivo de la compra de juguetes.


Hasta la próxima, que ya veremos lo que toca.

sábado, 16 de junio de 2012

Aquel 16 de junio para el recuerdo


Jamás mientras Dios me mantenga por estos lares, dejaré de pasar de mi recuerdo el 16 de Junio de 1959, del que por tanto se cumplen hoy 53 años. A bordo del tren expreso Costa del Sol, que partiendo de la estación de Atocha de Madrid a las 22 horas del día anterior, arribaba a la vetusta y desvencijada estación de Málaga, alrededor de las diez horas del mencionado dieciséis de junio de mil novecientos cincuenta y nueve, un flamante Cabo de la Guardia Civil, que había sido promovido a dicho empleo, también el día anterior. En el devenir de la vida de las personas, Dios posiblemente no conceda tantos días de inolvidable recuerdo como el que seguramente deseariamos, pero a lo mejor no lo hace por falta de merecimientos o que por tener que atender a tantísimos seres le falte agenda para ello. En mi ya larga vida, y en que tantos días de dicha he venido gozando, y que por añadidura de vez en vez, me llega otro, sin duda uno de los que mas huella han dejado en mis sentimientos es el que figura en el enunciado de esta entrada. Cuando aquel recién ascendido Cabo de la Guardia Civil portando su equipaje descendía del tren "expreso", se aparecía a su vista, sin duda la estampa mas extraordinaria y deseada que hasta entonces tuvo, y que como resulta que ese Cabo era yo, diremos que "tuve", y esa estampa no era nada más, pero nada menos, que mi mujer y mis dos hijos, éstos de 28 y 14 meses de edad. Mi matrimonio hacía TRES AÑOS que se había celebrado, y ya contaba con dos hijos y mi primer ascenso en la Guardia Civil. Esa dicha que desde hacía tres años venía gozando, tuve la fortuna de que se prolongó, casi treinta ocho años más, en que fué truncada por el fallecimiento de aquella preciosidad de mujer, que con sus dos hijos esperaba la llegada de su marido, que desde hacía mas de dos meses no nos habiamos visto, y además que la última vez que me vió partir lo era como un Guardia y volvía como un flamante Cabo. Aunque este último párrafo lo haya hecho en un tono un tanto humorístico, el caso y la realidad, es que supuso un sensible cambio en cuanto a la remuneración económica, dado a que al mes siguiente me fué concedido el sueldo de Sargento, que segun lo establecido en aquellas fechas, le era concedido a los Cabos con doce o mas años de servicio, contando los del Cuerpo de la Guardia Civil , mas el servido en el Ejército, cuestión que yo precisamente reunía en aquellos días. Aquellas lágrima de emoción y alegría que fueron vertidas por mis ojos, y en no menor cantidad por las de mi mujer, fueron y son, uno de esos momentos en la vida en que el espiritu queda alimentado, solo con ese simple recuerdo, como para dar gracias a Dios de haber pasado por esta vida, y si además se es premiado con otros muchísimos momentos más. como yo lo he sido, no tengo por menos que sentirme como uno de los seres privilegiados que tuvieron la dicha de venir al mundo. Felicísimo recuerdo que escoltado por los otros muchos que me fueron, y me siguen llegando, hacen esa ilusión por continuar en esta vida, no solo no la haya perdido, si no que sigue como una viva llama y de la que pido lo sigo haciendo hasta el fín de mis días. Hasta la próxima entrada.

lunes, 11 de junio de 2012

Jugando a los cartones


Hace unos días y para un trabajo que le había sido encomendado en el Instituto donde estudia una sobrina nieta, me envió un cuestionario de preguntas para la entrevista, que era lo interesado, y entre las varias de que constaba, había dos: la una, cómo jugábamos los niños de mi tiempo, y la otra, qué clase de juguetes empleábamos. Como para responder a estos interrogantes, hube de retrotraerme como mínimo SETENTA Y SEIS años atrás, al traer al recuerdo "aquellos" juguetes, yo mismo llegaba a sorprenderme y de lo que por supuesto mucho más habréis de hacerlo los que tengáis, sesenta, cincuenta, cuarenta o muchísimos menos años de los que yo tengo.

Como quiera que he pensado explotar el filón que este caso me proporciona, por hoy, solo voy a referirme al juego que figura en el enunciado de esta entrada y por ende la clase de juguetes que en ello empleábamos. Y, para ello voy a comenzar por esto último. Resulta que las cajas de cerillas, (quiero señalar que me refiero a las que se vendían durante los años últimos de la década de los veinte y hasta  mediada la de los treinta, del pasado siglo, y de unas proporciones un tanto reducidas, mayores las tapas del anverso y el reverso y mucho menores las laterales, donde en una de ellas estaba la preparada para rascar, los fósforos, como en mi pueblo se les denominaba, para su encendido) los niños antepasados a mi infancia y no se desde cuántos años antes, "descubrieron"  que de allí podían sacarse elementos para jugar y con ello distraer el tiempo. Así a lo largo de todo el año, cada vez que uno veía una caja de cerillas vacía en el suelo la recogía, le quitaba las dos tapas mayores, con ello hacía dos "cartones", y cuando llegaba el verano, época en la que se practicaba este juego, cada uno teníamos, tres, cuatro o cinco "cajetillas.". Y digo también cajetillas, porque algunas de las que se encontraban no se deshacían y sacado el cajoncillo donde habían estado depositadas las cerillas, se iban metiendo los cartones hasta llenarlas, y que en cada una de ellas podían meterse 20 de los mismos. Quizá a los niños de hoy, y también, como no, alguno no tan niños, no comprenderán que cuando se iniciaba la época del juego de los cartones y que llevabas en el bolsillo del babero todos los que al cabo del año habías ido reuniendo, al mostrarle a los amigos el número de las cajetillas que llevabas, al que tenía menos que tú le producía cierta envidia y en tal caso solía quedarse mirando su mercancía y parecía decirse a si mismo, que para el próximo año procuraría ser más activo en su consecución.

El casi único juego que se practicaba con los "cartones", era el llamado "la parva", que consistía en señalar un punto en una pared, a una altura aproximada de un metro, allí colocábamos un cartón y lo dejábamos caer al suelo, que como pesaba muy poco solían caer bastante distanciados uno de otros cartones, y así íban tirando un niño tras otro, según el lugar que en sorteo le había correspondido, y cuando uno de los cartones tocaba, aunque fuera lo mas mínimo a algunos de los ya en el suelo, el que había echado ese cartón, se los llevaba todos los que antes se habían tirado. Puede que a los lectores, o lectoras, de esta entrada en el blog que no vivieron aquella época, también les resulte incomprensible la alegría que al ganador le producía cuando en muchas ocasiones conseguía llevarse, quince, veinte o en ocasiones mayor número de cartones, que cuando solía correr siquiera fuere una pequeña brisa de viento, aventaba cada  cartón a veces bastante lejos de la perpendicular desde donde lo habías dejado caer. Os podrá parecer extraño, pero para la práctica de este singular y simple juego, también empleábamos nuestras tácticas, y es que resultaba que los cartones ya muy usados aumentaban un tanto de volumen, sus bordes se deshilachaban un tanto y tenías unas minúsculas fibras que los hacía un poco mas anchos y así, cuando aunque fuera una de esas minúsculas fibras tocaba a otro, se daba por ganador el último lanzado. Por otra parte, como los nuevos, aunque parezca mentira y al tener menos volumen pesaban un poquitín mas y caian mas verticalmente, cuando la mayor parte de los lanzados con anterioridad estaban mas cerca de esa perpendicular del punto de lanzamiento, entonces se tiraban los nuevos ya que considerábamos, y era cierto, que resultaba mas fácil ganar con uno de los nuevos que con otro de los mas usados.

He de señalar que este juego solo era practicado por niños, ya que las niñas tenían sus juegos especifícos para ellas y jamas una madre permitía que su hija jugara a juego alguno con los niños.
   
Por todo cuanto queda relatado habreís comprendido que los padres, o madres, ni se tenían que gastar dinero alguno en la compra de los juguetes para sus hijos, asi como tampoco preocuparse por agenciárselos, si no que nosotros a lo largo de todo el año estábamos pendientes por ir preparándonos los que para la próxima época íban a ser con los que se jugaría, de lo que en próximas entradas iré detallando  sus complicadas y difíciles estructuras de la inmensa mayoría de los juguetes de mi época de niño. Añadiré que todos los juegos se practicaban en la calle y los niños a partir de los tres o cuatro años, cuando hacía buen tiempo, se pasaban la mayor del parte del día jugando fuera de casa.

Hasta la próxima entrada que daré buena cuenta de otro de los ingeniosos juguetes con los que pasábamos el día los niños de aquellos lejanísimos años, pero si los juguetes tenían poco de ingeniosos, mis coetáneos de la infancia, si poníamos bastante ingenio en la práctica de nuestros juegos.

lunes, 4 de junio de 2012

Una efemérides, para salir del paso


Una pequeña obra en la casa que finalizó el pasado viernes, y la pintura de todo el piso que ha comenzado hoy, me tienen un poco liado y no me queda tiempo para dedicárselo a entrar en el blog como yo deseara. Así, que hoy sin nada mejor, como suele decirse,  que llevarme a la boca, me voy a referir a una efemérides, que aunque en su día supuso un importante hito en el devenir de mi vida profesional, hoy pasados tantos años a casi nadie puede interesarle lo mas mínimo, salvo a mis hijos, y tal vez por extensión a mis nietos, y solo como noticia.

Tal día como hoy, pero de 1958, por tanto se cumplen cincuenta y cuatro años, aprobaba el examen para ascenso a Cabo de la Guardia Civil, celebrado en la Dirección General del Cuerpo, en Madrid. Sobre las siete de la tarde de aquel ya lejano día, desde la capital de España procedía a enviar tres telegramas, uno dirigido a mi mujer, otro a mis padres y otro al Servicio de Información de la Guardia Civil en Málaga, donde a la sazón me encontraba destinado. Lacónico y único texto para los tres destinatarios, en el que solo podía leerse "APROBADO". Volviendo la vista atrás, los destinarios señalados en primero y segundo lugar, hace años abandonaron este mundo y de los aproximados veinte componentes que formábamos el referido Servicio de Información, solo, además de yo, otro nada más me acompaña en esta vida, y con el cual en el día de ayer estuvimos comiendo juntos, reforzado con otra agradable compañía. Y siguiendo con la vista hasta aquel lejano pasado, en cuanto a la forma y modo de viajar, resulta que a las diez de la noche tomaba en Madrid el llamado expreso Costa del Sol, y llegué a Málaga creo sobre las diez y media de la mañana siguiente, o sea más de doce horas en el viaje, que comparando aquel "expreso" con los AVE actuales, veréis como el paso de los años no han sido en balde, y si lo hacemos en cuanto a mi entorno familiar mas próximo, señalo que mi hijo mayor tenía 16 meses, mi segundo hijo 2, y mi hija le faltaban aún unos cuantos años para venir a la vida, aparte de lo señalado anteriormente de los que ya hace años se fueron de mi lado. ¿Y yo? Con cincuenta y cuatro años menos, que sí que se me nota, pero así es la vida, y así debemos y tenemos que aceptarla, pero tampoco puedo dejar de señalar, en que en ese interín, muchos han sido  tambien  los acontecieres felicísimos de los que he gozado y aún sigo haciéndolo.  Hasta la próxima entrada que espero sea algo mas sustacionsa que la presente.